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EL SEPTENARIO DE DOLORES

De entre las celebraciones previas a la Semana Santa, en el tiempo de la Cuaresma, destaca por su singularidad y tradición el Septenario que se dedica a la Virgen de los Dolores en los siete días previos a la celebración del Viernes de Dolores, en la antesala de la Semana Santa. Francisco Redondo Guillén[1] en el libro “Jerez de los Caballeros y su Semana Santa[2], nos ilustra sobre este acto religioso.


El magnífico coro barroco del Templo de San Miguel desde donde tradicionalmente se canta el Septenario a la Virgen de los Dolores.  (Foto Lyli Bobadilla)

 

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SEPTENARIO DOLOROSO EN LA IGLESIA DE SAN MIGUEL

         “El Septenario… Así de escueto se llama por el pueblo. No hace falta añadir a quién, en dónde y cuando se celebra. Instintivamente, al nombrar la palabra septenario, todo el mundo recuerda los días cercanos a la Semana Santa, las noches fervorosas de su celebración, en la Iglesia de San Miguel, y a quién se dedica.

           En efecto, durante los días que preceden a la Semana santa, como acercamiento e invitación a ella se celebra en la parroquia de san Miguel un fervorosísimo septenario doloroso a la Virgen de los Desamparados, llamada también de los Dolores. Lo que pudo ser y así es generalmente en los demás pueblos, una celebración de culto normal en los días cuaresmales, en Jerez, sin embargo llegó a constituir una vivencia religiosa de acusado relieve en la que, de una manera u otra, participan la mayoría de los jerezanos. Y, además, una preciosa muestra del folklore local, las especiales circunstancias que le acompañan y le adornan.

           Todo en este septenario es afectivo y entrañable. En primer lugar, la Virgen de los Desamparados -¡qué tierna advocación!- es la única Dolorosa que existe en el pueblo[3]. Ignoro el mérito artístico que pueda tener esta imagen[4]. Pero a todos atrae irresistiblemente su unción y honda expresión de dolor, en su actitud de mujer afligida. Esta querida y venerada Dolorosa preside, durante todo el año, una de las más recoletas capillas del templo parroquial, convidando asía a la intimidad y al acercamiento.

           En la Semana Santa acompañaba a dos Cofradías en sus desfiles procesionales: al Señor Ecce-Homo, el Miércoles Santo, y al Coronado de Espinas en la noche del Jueves.[5] Estaba bajo el patronato de la familia de los Condes de la Corte que cuidaban de su exorno y sufragaban sus cultos. Y durante el Septenario era colocada en el altar mayor del soberbio presbiterio de San Miguel, en un trono rodeado de cirios y flores. Allí acentuaba su atractivo y resaltaba más la tristeza de su amargo dolor. Parecía que repetía las palabras del profeta. “Mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor”.

           En segundo lugar, y en torno a los actos dedicados a la bendita dolorosa, venía la actuación directa del pueblo. No sólo en lo que se refiere a la asistencia, que era multitudinaria, sino principalmente para cantar o para oir cantar “los dolores” de la Virgen. ¡Ah! Los dolores de la Virgen…! ¿Quién no ha tomado parte en estos tiernos y sentimentales cantos? No ha habido nadie en Jerez que teniendo buena voz  no la haya puesto al servicio del canto de “los dolores” de la Virgen. Como tampoco ha existido nunca diferencia entre mujeres, hombres y jóvenes para la emulación y actuación generosa. Porque cada estrofa llevaba, en la voz y en el pecho del que la entonaba, el cumplimiento de una ofrecida promesa, la expresión de una acción de gracias, el rezo de una súplica ferviente o la aplicación de sufragio para sus difuntos. Todos estos sentimientos se ponían en las manos de la Dolorosa a través de estos piadosos cantos para que, por sus siete dolores, fueran recibidos y atendidos por su divino hijo…

           Por último, la selección musical. Aunque existe un amplio repertorio en este género religioso, Jerez eligió los que compuso Hilarión Eslava. Esos ha cantado siempre. En la música y la letra de esos “dolores” encontró la identificación de su expresión afectiva y hondo sentimiento. Hasta tal punto los asimiló y adaptó que, en determinados momentos, la forma personal y la tradicional se anteponen a la interpretación exacta de la partitura. Todo en beneficio de la devoción popular. Todo para el aumento de ese fervor creciente que impregna estos cultos.

           Dos estrofas del Stabat Mater que compusiera el franciscano Jacopone de Todi, cuya melodía está llena del mismo estilo sentimental y devoto, y el que cantaba con todo entusiasmo, ponía fin, todas las noches, al Septenario…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Foto José Márquez Franco)

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LA TRADICIÓN DEL SEPTENARIO DE DOLORES

Hasta aquí, el texto de Francisco Redondo Guillén. Efectivamente, en época pasada reciente, que yo mismo he conocido, el Septenario de Dolores se constituía en un acontecimiento social, del mismo modo que ocurría con otras celebraciones religiosas populares, pero más si cabe con el Septenario porque ofrecía la oportunidad de cantar a un pueblo amante de la música y de los coros y que siempre contó con buenas voces dispuestas para cualquier causa. Estos actos se esperaban en el calendario particular de cada cual porque, independientemente de su carga religiosa, emotiva y tradicional, ofrecía una opción de ocio y de acto social. Con el tiempo, la mayor oferta de actividades para llenar el tiempo libre –sobre todo el impacto social que supuso la llegada de la televisión a todos los hogares- llevó a la desmasificación del Septenario que, sin embargo, conservó su esencia popular y tradicional. Y ahí es donde radica su pervivencia en el tiempo: la celebración del Septenario está enraizada en la cultura popular jerezana. Podemos afirmar que el Septenario de Dolores es uno de los rasgos distintivos de la Semana Santa de Jerez de los Caballeros, el acto que nos prepara para la participación en la Semana Santa cuyas puertas nos abre de par en par.

         Cada año, al acercarse la fecha de la Semana Santa, Francisco Carlos González Bravo se encarga de poner en contacto a todas aquellas personas devotas de la Virgen de los Dolores que intervienen en el canto del Septenario. Es esta una tradición heredada. Antes que él, otros jerezanos ejercieron esa función, siempre ligada a la Cofradía del Señor Ecce-Homo. Es ahora la misma Cofradía la que tiene la misión de organizarlo todo: las voces, la música, los libretos…

           Tradicionalmente se viene colocando el grupo interviniente en el coro de la Iglesia de San Miguel Arcángel, en torno al órgano que se coloca en la parte central, ocupando los asientos de magnífica talla de madera que preside el sillón central con la cruz de Santiago. En la actualidad, el número de los componentes del coro suele oscilar entre veinte y veinticinco personas. Frente a ellos, ante el altar mayor, la espléndida e impresionante imagen de la Virgen de los Dolores, elevada en una plataforma con dosel de damasco rojo, vestida de negro, con el antiguo manto que le bordaran las monjas del Convento de la Gracia, llenando con su presencia el espacio tan armónico bajo la cúpula, un espacio que las camareras de la Cofradía del Señor Ecce-Homo se encargan de adornar y mantener en perfecto estado durante los siete días que dura esta popular celebración. El espacio se completa con el adorno artístico de flores naturales y de candelería plateada. La Virgen de los Dolores aparece así como eje central del acto, junto a las insignias de la Cofradía.

                   De los ocho versos de los que consta cada “dolor”, si los cuatro primeros los canta un hombre le responde una mujer o viceversa. El coro canta la estrofa final, repetida, al concluir cada “dolor”. Al terminar el acto, el coro canta la segunda parte de la estrofa final y el “Stabat Mater”, lo que da paso a la celebración de la Eucaristía, un orden que, a veces, se ha invertido.

EL TEXTO DE LOS DOLORES

PRIMER DOLOR: Profecía de Simeón

Si las dulces palabras del Ángel

inundaron de gozo tu alma,

de un profeta la fúnebre calma

la llenó de amargura y dolor.

 

Te predijo que aquel que en tus brazos

presentabas al templo, piadosa,

en la cima del Gólgota umbrosa

le verías morir por tu amor.

 

SEGUNDO DOLOR: Huida a Egipto

Si los Reyes de Oriente adoraron

al infante Dios-Hombre en pobreza,

un tirano con odio y vileza

degollar los infantes mandó.

 

Y del fiel corazón traspasado

las maternas caricias ostentas

y al Egipto, señora, te ausentas

con el Hijo que al mundo salvó.

 

TERCER DOLOR: El Niño Jesús perdido

¿Quién es esa mujer que angustiada

vacilante y llorosa camina?

¿Quién es esa mujer tan divina?

¿Quién es esa mujer celestial?

 

Esa triste mujer es María

que en el templo perdió a su hijo amado

y en su rostro divino ha grabado

la congoja su huella fatal.

 

CUARTO DOLOR: Calle de la Amargura

Si en el santo lugar le perdiste

a tu amado Jesús hallas luego

y conoces la voz que con fuego,

entre doctos, sapiente, arguyó.

 

En la calle Amargura, ¡oh, María!,

ya le encuentras sangriento, agobiado,

con el peso del leño cargado,

de ese leño fatal do expiró.

 

QUINTO DOLOR: La Crucifixión

Del discípulo amado en compaña

abatida a tu Hijo seguiste

y de agudo dolor presa fuiste

cuando al Monte Calvario llegó.

 

Allí el eco repite el sonido

de clarines, martillos y voces;

se suspende, ¡oh, Madre!, y entonces

al Dios justo clavado se vio.

 

SEXTO DOLOR: Descendimiento

Oscurece el sol de repente,

se cumplió la fatal profecía;

mira, mira a tu Hijo, María;

mira, mira, cadáver está.

 

Ya desciende del árbol sagrado

y en tus brazos le ponen, Señora,

y a ese pecho que amante le adora

el puñal del dolor hiere ya.

 

SÉPTIMO DOLOR: Sepultura de Jesús

¡Hijo mío!, exclamaba, ¡quién pudo

consumar tu terrible martirio!

¡Quién al ver de tu Madre el delirio,

darte muerte intentara, traidor!

 

Del sepulcro la losa se oculta

a estos ojos que anéganse en llanto.

Sola quedo, Hijo mío, y por tanto

sola espero morir de dolor.

 

ESTROFA

 I

Por tus dolores ten compasión,

pide y alcanza nuestro perdón.

 II

Por tus siete dolores

te queremos pedir

que no nos desampares

al tiempo de morir.     

El acto concluye con el canto del “Stabat Mater”, jaculatoria y bendición final por el sacerdote.

 

STABAT MATER

Stabat mater dolorosa

juxtam cruce, lacrimosa,

dum pendebat filius.

 

Cuius anima gementem

Contristatam et dolentem

Per transivit gladius.

………………………

Ora pro nobis, mater dolorosisima.

Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

 

4

LAS PERSONAS

Como ya hemos apuntado, el coro, desde sus comienzos, estaba formado por personas devotas que pudieran tener o no vinculación con la Cofradía del Señor Ecce-Homo, la cual, sobre todo a partir de la incorporación de la Virgen de la Amargura a la Cofradía del Coronado de Espinas, animaría la pervivencia de la tradición del Septenario. De hecho, en los carteles anunciadores se puede leer desde hace bastantes años “Intervendrá el Coro de la Cofradía”.

Son muchas las personas de las que se conserva en la memoria colectiva un grato recuerdo de su paso por el Septenario de Dolores. Hay quien recuerda todavía el tiempo en el que otros instrumentos musicales, tales como los violines[6], acompañaban a la música de órgano en esta celebración. Así, las voces de Sole Sanabria, de Rosi Santamaría, María Sousa, María Cordobés, de Juan Méndez, Agustín Márquez, Juan Pérez o José González –entre otros, por poner un ejemplo- dejaron huella en el Septenario. Algunos ya no están entre nosotros, desafortunadamente, otros quizás dejaran de asistir por sus obligaciones familiares y otros porque consideraron que había que dejar paso a los más jóvenes. En la actualidad ocupan el coro central de la Iglesia de San Miguel las siguientes personas:

Organista: Juan García Masero al que precedieron  Álvaro García Muñoz, Gabriel Sardina, Rafael Carrasco, Joaquín Vilá y José Tinoco “Follín”, entre los que yo recuerde.

Solistas: Francisco Carlos González Bravo, Francisco Ontiveros García, Rafael Carrasco González, María Dolores Peñas Domínguez, María del Rosario Méndez Méndez, Luz María González Marcos, Joaquina Martínez, María Cordobés y Milagros Flores Giraldo.

(Foto José Márquez Franco)

Durante la celebración se cantan, acompañados de la música del órgano, los dolores primero, tercero, quinto y séptimo, siendo los dolores pares recitados por el oficiante con el rezo del Ave María. En el último día del Septenario se cantan todos los siete dolores. Hasta hace pocos años era costumbre que la Banda de la Cofradía tocara en el interior del templo en el día final como cierre de los actos, unos actos que por su singularidad y arraigo popular pueden considerarse distintivos de la Semana Santa de Jerez de los Caballeros.


[1] Nacido en Pozoblanco, Córdoba, ejerció el magisterio en Jerez de los Caballeros y Sevilla. Miembro de la Real Academia de Córdoba y autor de numerosas publicaciones, fue pregonero de la Semana Santa Jerezana en 1984 siéndole concedido el Premio CABALLERO COFRADE en 1996.

[2] REDONDO GUILLÉN, Francisco: Jerez de los Caballeros y su Semana Santa. Primera Edición. Ed. Caja de Ahorros de Badajoz, 1985. Págs. 119 – 120.

[3] En la época en que se escribe este texto existían imágenes de gloria que se convertían en dolorosas al acompañar a sus pasos en la Semana Santa. Así la Virgen de la Encarnación, imagen gloriosa en el día de la Candelaria, protagonizaba el encuentro del Viernes Santo con Nuestro Padre Jesús Nazareno y, a la vez, era –y es- sacada como Soledad. En la Archicofradía del Santísimo Sacramento procesionaba la Virgen del Reposo, más tarde sustituida por la Paz. En las dos hermandades del Rosario salen a la calle imágenes de gloria. La de San Miguel incorporó el año pasado a la Virgen del Silencio. En 1954  la Cofradía del Coronado lució por primera vez a la Virgen de la Amargura, siendo esta la cofradía de la que era miembro el autor del texto y uno de los culpables de su venida a Jerez. Sin duda, al considerar a la Virgen de los Dolores como la única dolorosa, deberá entenderse en el sentido de la iconografía al ser de actitud compungida, llorosa, de manos entrelazadas y cabeza inclinada como imagen del dolor.

[4] El imaginero sevillano Manuel Hernández León emitió un informe sobre la Virgen de los Desamparados cuando la sometió en 1996 a un proceso de retauración. Vid. “Enseres e imaginería de la Cofradía del Señor Ecce-Homo”, texto de la conferencia que con motivo del CXXV Aniversario de la Cofradía pronunció José MÁRQUEZ FRANCO y que figura como anexo a este informe. Posteriormente, Francisco TEJADA VIZUETE, en su Pregón de la Semana Santa, discrepó de la opinión del imaginero.

[5] Se daba esta circunstancia por ser la imagen propiedad de la Iglesia.

[6] Mi abuelo Nicolás Márquez Hernández y mi tío Nicolás Márquez Macarro llegaron a acompañar el Septenario con sus violines. (Nota del autor)