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SEMBLANZA: ANA MARÍA

Ana María Sánchez Colomer nos dejó hace poco. Jerezana hasta la médula, Ana María fue una gran devota de Nuestra Señora de los Desamparados, una de las muchas virtudes que la adornaban. Persona de gran valía, inteligente y amiga fiel, era culta sin hacer alardes y, más que nada, una cristiana convencida dueña de unos principios a prueba de bombas. Era obligado recordarla desde estas líneas que escribo con el cariño que le profesamos cuantos la tratamos en los últimos años de estancia en nuestra ciudad.

 

 Ana María Sánchez Colomer

Ana María se nos fue en Diciembre, casi tocando con los dedos estas fiestas tan familiares que tanto eran de su agrado. El día que se marchó a Griñón quiso refugiarse en la esperanza del regreso pero en el fondo de su corazón supo que no volvería. En las largas tardes de charla llegué a aprender a leer en ese libro abierto que era Ana María, un alma transparente, sin tapujos, sin dobleces, que dejaba translucir un espíritu generoso de cristiana convencida y comprometida ¡Coincidíamos en tantas cosas!  Hablábamos de todo, de lo divino y de lo humano, y siempre acabábamos lamentando el desastre de los planes educativos que relegaban a un segundo plano a las Humanidades, los intentos de eliminar la enseñanza de la filosofía y de las lenguas clásicas y, para rematar la faena, la pérdida de valores que se venía haciendo evidente en la sociedad. Dotada de una excelente memoria y de una formación humanística envidiable, Ana María recordaba historias, personas, situaciones que habían permanecido vivas en su interior alimentadas por esa devoción que sentía hacia su pueblo. Y las contaba de forma amena y atrayente, aderezándolas con un admirable sentido del humor que, en muchas ocasiones, remataba con sonoras carcajadas.

Era detallista hasta el extremo. Jamás se le escapaba la ocasión de demostrar su afecto a las personas que quería. En mi casa fue muy querida, una más de la familia. Nunca faltaron las flores los miércoles santos ni en el día segundo de febrero, el santo de mi madre. Tampoco, cada Semana Santa, ella faltó junto a mi madre en el balcón de mi casa de la Plaza de España.

Ana María fue una jerezana ejemplar. Aseguraba que uno de los días más felices de su vida –y me consta que fueron muchos- fue aquel en el que le comunicaron su nombramiento como pregonera de la Semana Santa de su pueblo. No tardó ni un instante en proponerme que yo hiciera su presentación en el acto oficial. Acepté sin dudarlo. Pero había, por añadidura, un detalle que la llenaba de emoción y de ternura. Era la designación de Antonio Carrasco como Caballero Cofrade, la satisfacción de compartir el protagonismo de este día con un alma inocente como era la de nuestro Antoñito. Su corazón generoso y fiel se paró cansado de entregarse a los demás. Ahora, Ana María estará en el cielo que soñó.

Tras saludar a las autoridades y a todos los presentes procedí a la presentación de la pregonera. Era la mañana del 21 de Marzo de 2010.

“Asumo con placer el encargo de presentaros en este día de hoy a la pregonera de la Semana Santa del año 2010.

Hace ya catorce años me vi, por estas fechas, en el mismo trance en el que se encuentra ahora Ana María Sánchez Colomer, mi amiga Ana María, a punto de pregonar la Semana Santa de Jerez con toda la carga emocional que esto conlleva. Mi pregón de 1996 fue el último que se pronunció  en la Casa de la Cultura. Nada queda de aquel antiguo local que acogió tantos eventos culturales y que calmó la sed de cultura y de progreso en los primeros tiempos democráticos. Cambios para mejorar, como también es el caso de este local en el que nos encontramos ahora y que luce espléndido como nunca cuando se viste de gala para acoger las palabras que nos van a pregonar la Semana Santa.

Pero hay cosas que no cambian. La Semana Santa llega fiel a su cita cada primavera, con los ciclos lunares. Jerez se convierte en otra Jerusalén, en el espejo de la ciudad santa, a veces parece que espejismo. Tampoco falta ese pellizco en el estómago que se siente al hablar en público, al asumir la responsabilidad de pregonar la mejor Semana Santa de Extremadura

Ana María Sánchez Colomer llegó a Jerez hace cuatro años. Quizá sea más cierto decir que Ana María nunca se fue de Jerez. Su abuelo, Tomás Colomer, fue el primer Colomer que se asentó en nuestra ciudad. Trazó una diagonal sobre el mapa de España y siguió el camino desde San Feliú de Guixols a Jerez de los Caballeros, con el fin trabajar en la industria corchera. Se integró en ese colectivo laboral que tanto aportó a la cultura jerezana, que tanto influyó en la formación de la personalidad de Jerez, una época de brillante cultura y de ilusiones, una esperanza de futuro que acabó desinflándose como un globo. Su padre, don José Sánchez, de tan grato recuerdo para cuantos le conocieron, fundó en Jerez el primer colegio de enseñanza secundaria, en la calle Piteles. Don José Sánchez estuvo siempre implicado activamente en la cultura jerezana y vinculado a la Semana Santa siendo Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Con estos antecedentes no es de extrañar el tesón de nuestra pregonera. La personalidad de Ana María se asienta en las recias raíces del corcho, en la solidez de la formación cultural y en el amor por su tierra y por sus tradiciones. En lo más profundo de Ana María se dan la mano la tierra y el espíritu.

También en esto han cambiado las cosas. El corcho de entonces son los hierros de ahora y la enseñanza, por fortuna, no es cosa exclusiva de gente con posibilidades sino que nos alcanza a todos los jerezanos.

Pues nada de esto pasó desapercibido a los ojos de la niña Ana María. A juzgar por la frescura de sus evocaciones –acostumbro a charlar con frecuencia con Ana María- la niña se empapó de todo lo jerezano como si de una esponja se tratara. Y al fin, como a otros tantos paisanos, a Ana María le costó irse de Jerez. Tal vez por esa razón atesoró los recuerdos en su interior, los revivió en sus sueños allá donde estuviera –en Madrid, en Albacete, en Piedrahita-, los repitió una y mil veces a sus siete hijos para que no olvidaran su cuna. Ana María alimentó sus recuerdos con la nostalgia del sur. Cada vez que venía a Jerez ampliaba su bagage, le fue sumando elementos cada vez que respiraba los aires de su pueblo hasta, a veces, traspasar la delgada línea que separa la realidad de lo inventado, lo vivido de lo escuchado, para crear, al fin, un mundo ideal sin distorsionar la realidad.

Permítanme una cita: “Yo lo recuerdo como un sueño que fue de alas de mariposa. Sueños parece nuestra vida, vivida en tiernos abriles, cuando ya es remota y distante la fecha. Y aquellos años dorados se revisten de una suave gasa que les arrebata toda realidad”[1]. Este texto fue escrito en 1907 y es como si Ana María hubiera bebido en la misma fuente de este poeta, y digo bien porque no andaba muy lejos de su casa. El poeta era José Ramírez López-Uría y era vecino de su misma calle, la calle Piteles por entonces llamada de Pi y Margall.

            Y eso sí que no ha cambiado. Ana María sigue teniendo sus ojos de niña, su alma de niña. Hoy es la misma Ana María de entonces con más experiencia, con más sentido analítico –el que le proporcionó el tiempo vivido y su formación humanística-. Digamos que es la misma Ana María con más solera, pero la misma Ana María, con sus ojos empapados de vivencias, de paisajes, de personas, de los festejos populares y, entre ellos, el principal en nuestra ciudad: la Semana Santa. Catalina de nacimiento y de Nuestro Padre Jesús Nazareno por la familia.

De esta manera, Ana María acumuló en su hucha particular los recuerdos de una época añorada. Quizás haya seguido un proceso natural, muy humano por otra parte, de cribar y seleccionar lo más importante, de quedarse con aquello que merezca realmente la pena de ser recordado. Ya sabemos que aquello que no ha sido capaz de convertirse en recuerdo no ha existido nunca. El olvido es el peor enemigo de la historia.

Pero no vayamos a pensar por mis palabras que Ana María es una persona anclada en su tiempo de juventud. Su espíritu inquieto le ha llevado a documentar fielmente su camino hasta hoy. Ana María viene a ser, en este sentido, un puente entre generaciones. Y este espíritu inquieto, curioso, se va a manifestar abiertamente en su palabra. Vamos a conocer de la mano de nuestra pregonera una Semana Santa distinta. Ella nos va a acercar la lejanía del tiempo. Seguramente nos va a regalar con la voz de su corazón datos, anécdotas y situaciones que a unos nos sonarán nuevas y a otros les avivarán los recuerdos dormidos, piezas muy valiosas para componer el rompecabezas de nuestras historias locales.

Ahora sabrán la razón de por qué yo afirmaba al principio de mi intervención que en las raíces de Ana María confluían la tierra y el espíritu. Ahora comprenderán la razón de estos sólidos cimientos que sostienen este edificio tan firme y resistente, capaz de albergar una historia personal de un dulce exilio consentido, de un tiempo vital para formarse, para ser esposa, para ser madre de siete hijos y forjarse una fortaleza de cristiana convencida, generosa y comprometida, una mujer para quien las palabras amor, solidaridad y hermandad tienen un hondo sentido. Rara avis en este mundo en el que manda más el egoísmo que el sentimiento solidario, que el compromiso cristiano.

Quiero terminar con una cita que, seguramente, Ana María, leíste en tu formación clásica y la asumiste como propia en algún rinconcito de tu cabeza. Las palabras son de Marco Tulio Cicerón y dicen así: “Queridos son los padres, queridos son los hijos, los parientes, los amigos, pero la tierra donde se ha nacido abarca todos los amores”[2].

Con todos nosotros Ana María Sánchez Colomer, Pregonera de la Semana Santa del año 2010.”

 

José Márquez Franco

Cronista

 



[1] RAMÍREZ y LÓPEZ URÍA: “Rimas y Prosa”. Madrid 1907.

[2] CICERÖN, Marco Tulio: “De los deberes”. I. XVIII.